El odio es propio de insatisfechos. Como el amor con su objeto, el odio vincula estrechamente al odiador con el suyo, aunque sólo sea por las ganas intensas de destruirlo. Lo lleva a todas partes, duerme con él, sueña con su dolor, su infortunio y si aniquilamiento, sin que la muerte del odiado le garantice el fin de su quemazón interna. Es común odiar a quien no se conoce en persona o vive lejos. Castilla del Pino agrega (Teoría de los sentimientos, pág. 296) que "odiar es odiarse". Sospecho que nuestra época se siente a disgusto consigo misma y no poca gente llena el día dando o recibiendo lecciones de odio.
Fernando Aranburu.
El País.
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