miércoles, 24 de diciembre de 2025

La tiranía de la altura

El arte, la obsesión y el trapecio de la vida moderna

En la literatura, las metáforas sobre el espacio que habitamos suelen revelar nuestra estructura psíquica. Entre la ambición de elevarnos y el vértigo de descender, existe una figura tan poética como inquietante: la de aquel que decide no bajar jamás de su propia exigencia.


«Impulsado al principio sólo por la ambición de perfeccionarse y luego por un hábito que se había hecho tiránico, había organizado su vida para poder permanecer en el trapecio día y noche, todo el tiempo que trabajara en un mismo local. Había siempre subalternos que se turnaban para satisfacer todas sus necesidades, muy reducidas por lo demás; esperaban al pie del trapecio y subían o bajaban todo aquello que necesitaba el artista en unos recipientes fabricados especialmente para ello. Aquel tipo de vida no creaba verdaderas dificultades a los demás; tan sólo molestaba un poco durante los otros números del programa; no se podía ocultar que el trapecista se había quedado arriba, y el público, aunque solía estar muy quieto, dejaba escapar alguna que otra mirada hacia el artista. Pero la dirección no se lo tenía en cuenta: era un acróbata extraordinario al que habría sido absolutamente imposible sustituir. Además, reconocía sin reparos que, si vivía de aquel modo, no era por fastidiar; sólo así podía mantenerse siempre en forma y dominar su arte a la perfección.»


El ascetismo de la autoexplotación

¿Qué ocurre cuando la búsqueda de la excelencia se transforma en una jaula invisible? El trapecista encarna una paradoja muy contemporánea: el éxito que aísla del suelo común.

El filósofo Byung-Chul Han, en su análisis de la sociedad del rendimiento, describe al individuo actual como un sujeto que ya no necesita un amo externo que lo obligue a producir; se autoexplota con entusiasmo bajo la ilusión de la autorrealización. El hábito de la perfección, como reza el texto, se vuelve «tiránico». La vida queda reducida a la altura de un trapecio técnico, donde descender se percibe como una derrota o una pérdida de forma.


La distancia entre el artista y el mundo

Existe también en esta imagen una profunda estética ascética que remite al superhombre de Nietzsche: la separación voluntaria de la masa para alcanzar la maestría. Sin embargo, en el trapecista late una vulnerabilidad conmovedora. No permanece suspendido por soberbia, sino por una necesidad estructural de equilibrio.

En un mundo que nos exige estar siempre suspendidos en nuestras propias alturas —profesionales, intelectuales o identitarias—, este texto nos invita a preguntarnos: ¿cuánto del suelo terrenal y compartido hemos sacrificado para no bajar jamás de nuestro trapecio?

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