sábado, 27 de diciembre de 2025

Nombrar el mundo de nuevo

El amor como una invención infinita

A veces creemos que amar a alguien es descubrir una rutina compartida, un mapa predecible donde los gestos y las palabras encuentran un refugio seguro. Sin embargo, el amor auténtico, en su dimensión más humana y vulnerable, es exactamente lo contrario: es la disposición de mirarse cada día como si fuera la primera vez.

En una de las reflexiones más conmovedoras de la literatura, Julio Cortázar captura ese milagro íntimo del afecto que no se resigna a la costumbre, sino que se transforma y nos transforma sin cesar:


«El peso, el olor, el tono de una risa o de una súplica, los tiempos y las precipitaciones, nada coincide siendo igual, todo nace de nuevo siendo inmortal, el amor juega a inventarse, huye de sí mismo para volver en su espiral sobrecogedora, los senos cantan de otro modo, la boca besa más profundamente o como de lejos, y en un momento donde antes había como cólera y angustia es ahora el juego puro, el retozo increíble, o al revés, a la hora en que antes se caía en el sueño, el balbuceo de dulces cosas tontas, ahora hay una tensión, algo incomunicado pero presente que exige incorporarse, algo como una rabia insaciable. Sólo el placer en su aletazo último es el mismo; antes y después el mundo se ha hecho pedazos y hay que nombrarlo de nuevo, dedo por dedo, labio por labio, sombra por sombra.»


El juego de redescubrirnos

Más allá de cualquier teoría compleja, el texto nos recuerda que el amor es una experiencia viva que se resiste a ser domesticada. «El amor juega a inventarse», reconoce el autor, mostrándonos que ninguna relación profunda es una línea recta. Hay días en los que la intimidad es ternura, calma y juego; otros, en los que se llena de silencio, de misterio y de una intensidad que nos desborda.

Esa capacidad de cambio no es un defecto, sino su mayor signo de vitalidad. Amar es abrazar la certeza de que la persona que tenemos al lado no es un libro terminado, sino un ser humano maravilloso y cambiante al que elegimos descubrir una y otra vez.


Dedo por dedo, labio por labio

El cierre del fragmento guarda una de las imágenes más cálidas y amorosas de la prosa en nuestra lengua: tras el encuentro genuino, «el mundo se ha hecho pedazos y hay que nombrarlo de nuevo».

Cuando nos entregamos desde el corazón, las armaduras que usamos para defendernos de la vida cotidiana se desmoronan. En ese espacio de vulnerabilidad compartida nace una tarea sagrada y hermosa: reconstruir la realidad juntos, desde la compasión y el cuidado. Nos toca volver a aprender los nombres de las cosas con la delicadeza de quien cuida un tesoro: dedo por dedo, labio por labio, sombra por sombra. Porque amar, al final del día, es tener la bondad de reconstruir el mundo con las manos entrelazadas.

No hay comentarios: