jueves, 23 de octubre de 2025

El crecimiento que no se ve


Cuando pensamos en crecer, solemos imaginar algo evidente: más altura, más fuerza, más logros visibles. Sin embargo, en la naturaleza —y también en nosotros— lo más importante casi nunca ocurre en la superficie. Un buen ejemplo es el de los hongos. Lo que vemos, el macrohongo que emerge del suelo, es apenas una pequeña parte de un organismo mucho más grande. La verdadera vida del hongo ocurre bajo tierra, en una red de filamentos llamada micelio, que se extiende, se ramifica y se fortalece sin ser vista.

Ese crecimiento silencioso es el que hace posible que, en algún momento, el hongo aparezca. Sin micelio, no hay fruto. Sin una base sólida, no hay manifestación visible. Algo muy parecido sucede con las personas. Muchas de nuestras transformaciones más profundas no se notan de inmediato: aprender a escuchar, desarrollar paciencia, cambiar una forma de pensar, atravesar una dificultad o replantearnos quiénes somos.

Vivimos en una cultura que valora lo rápido, lo evidente y lo exhibible. Pero el micelio nos recuerda que crecer no siempre es mostrarse, sino prepararse. Hay procesos que requieren tiempo, silencio y constancia. No todo progreso se puede medir ni fotografiar.

Tal vez hoy no veamos resultados claros, pero eso no significa que nada esté pasando. Como en el suelo húmedo donde se expande el micelio, algo se está organizando, conectando y fortaleciéndose. Y cuando llegue el momento adecuado, lo invisible encontrará su forma de salir a la luz.

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